CRISIS PARADIGMÁTICA,
RIESGOS CIVILIZATORIOS Y COMPLEJIDAD
RESUMEN
La
Modernidad, más allá de la heterogeneidad de sus contenidos, se percibe
a la manera de un conjunto coherente de racionalidad y progreso ético-social,
cuyo debilitamiento es sentido por muchos en forma de verdadera amenaza. Un
paradigma donde, por así decirlo, todo ocupa el lugar adecuado. Es esta utopia
la que cohesiona un modelo, cuya quiebra, desde su propio punto de vista, no
puede sino conducir a la barbarie. El propósito de este articulo es presentar
un conjunto de consideraciones teóricas y conceptuales acerca del término
paradigma para intentar aclarar su polisemia, así como la incapacidad de
ciertos paradigmas para explicar el mundo; de igual manera, a partir de la
incertidumbre y del caos asociados con la extensión de los riesgos de la
modernidad se propone al paradigma complejo como la piedra angular en la
formación de nuevos escenarios para que las ciencias administrativas transite
hacia una nueva visión integral.
Palabras claves: paradigma, crisis,
riesgos, complejidad, visión.
PARADIGMATIC CRISIS,
RISKS CIVILIZATION AND COMPLEXITY
ABSTRACT
The
Modernity, beyond the heterogeneity of his contents, is perceived like a
coherent set of rationality and ethical - social progress, which weakening is
felt by many in the shape of real threat. A paradigm where, for this way saying
it, everything occupies the suitable place. It is this Utopia that cohesion a
model, whose bankruptcy, from his own point of view, cannot but to drive to the
barbarism. The intention of this article is to present a set of theory, etical
and conceptual considerations brings paradigm over of the term to try to
clarify his polisemia, as well as the disability of certain paradigms to
explain the world; of equal way, from the uncertainty and the chaos associated
with the extension of the risks of the modernity and proposes to the complex
paradigm as the angular stone in the formation of new scenes in order that the
administrative sciences it travels towards a new integral vision.
Key
words: paradigm, crisis, risks, complexity, vision.
INTRODUCCIÓN
La
historia humana está embarcada en una carrera demencial. La mundialización, que
tiene su origen desde hace cinco siglos, se inicio con un devenir formado por
la ciencia, la técnica, la economía y el beneficio. Estos cuatro factores se
han conjugado para impulsar una dinámica impetuosa que parece irreversible.
Desde hace tres décadas, la mundialización ha entrado en una nueva fase: la
globalización, que tiende a unificar al planeta entero desde el punto de vista
económico y de los medios de comunicación. Pero este mundo unificado se ha
quedado sin bases políticas que lo regulen. De hecho el desarrollo
desenfrenado, que ha impulsado grandes progresos, económicos y sociales; se ha
vuelto también una fuente de destrucción que conduce a probables catástrofes en
cadena. El mundo actual está amenazado de destrucción bajo el efecto de
múltiples crisis: ecológicas, financieras, económicas, sociales y demográficas
que pueden entrelazarse para formar una “policrisis”. Es por esto, que este artículo
presenta una visión de la realidad que se basa en la comprensión de las
relaciones y dependencias reciprocas y esenciales de todos los fenómenos y
realidades asociada a la impronta de la incertidumbre, del caos y de lo
relativo. Se trata de pensar en la incertidumbre, no como un dato
circunstancial, sino como una condición sustancial del nuevo modo de vivir esta
realidad. El paradigma complejo implica pensar en términos organizacionales, y
para Edgar Morin, el término complejidad
expresa antes que nada nuestra dificultad, y nuestra incapacidad para conseguir
claridad y orden en nuestras ideas y conocimientos. Ahora bien, tal vez, no
existe ninguna estructura conceptual que esté firmemente establecida y que se
adapte a las formulas del paradigma propuesto, pero las líneas generales de
esta estructura ya la están trazando muchos individuos, comunidades y grupos
que están ideando nuevos modos de pensar y que se están organizando según
nuevos principios.
¿QUÉ ES UN PARADIGMA?
Para
responder a la pregunta: ¿Qué es un paradigma? Acudimos a la alegoría de la caverna, allí, el juicio de Platón
sobre nuestra condición humana no tiene respuesta, nos encontramos trabados por
numerosas cadenas a veces irrompibles. Algunas dependen del estatuto de la
categoría humana encarnada, entre la animalidad y la divinidad, otras de la
educación y de las limitaciones que pesan sobre el alma según la vida privada y
pública que se haya decidido llevar. Lo que le da fuerzas a estas limitaciones
alienantes es que todas ellas se funden, en última instancia, sobre el concepto
defendido por Platón: el devenir, definido a la vez como caos de fuerzas y
pulsiones y como caos de acontecimientos[1].
Felón no dice otra cosa, ya que Sócrates, por una parte, define allí la
filosofía como un desligamiento por parte del alma de sus vínculos con el
cuerpo (desligamiento análogo a la muerte), y por otra parte, explica la
necesidad de plantear realidades verdaderamente auténticas escapando al
devenir. Desligar el alma del cuerpo, filosofar, equivale así a ligarla de
nuevo de otro modo, es decir, a enfocarla hacia las ideas y reinvertir el
vínculo de parentesco esencial entre su parte divina, el intelecto y su objeto,
la realidad inteligible. De ahí que desligarse para religarse mejor, es
fundamentalmente el proceso que atraviesa la filosofía de Platón y por el cual
la extraordinaria fuerza y la originalidad de su proyecto ético, político y
cosmológico pueden aparecer bajo una nueva luz. En La
República, Platón nos enseña que el alma se hace justa
ligándola a sí misma, es decir, reconociendo para empezar que consta de partes
que tiran de ella en sentidos contrarios (la parte apetitiva, que desea sin
cansancio; la parte irascible, lugar del valor y de la cólera; y finalmente, la
parte racional, que conoce e intenta imponer el orden y la mesura a toda el
alma) para luego armonizar sus partes bajo la autoridad de la razón según el
modelo de una melodía musical. De igual modo, la ciudad justa lo será si las
tres clases (los artesanos, los guerreros y los filósofos) están ligadas según
el modelo del vínculo que unifica el alma. Sin embargo, Platón, no contento con
instituir la isomorfía entre el alma y la ciudad, analiza más concretamente lo
que constituye una autentica comunidad política. La unificación en una
comunidad política estable encuentra en la organización del propio universo un paradigma indispensable. En tal sentido,
la palabra paradigma en Platón, viene
a constituirse en una expresión para designar un instrumento de mediación entre
la realidad y su ideación. En efecto, uno de los problemas que transita toda la
obra de Platón, es el que se refiere a la relación entre el Mundo Inteligible o
Mundo de Ideas y el Mundo Sensible o Mundo de las Cosas[2].
El reto platónico consiste en exhibir el vínculo entre ese mundo inteligible,
conceptual e ideático y el sensible, el material. Platón ofrece tres posibles
soluciones: primera, participación, la Idea como propiedad
intrínseca de las cosas; segunda; presencia,
como cualidad circunstancial de las cosas; y tercera, imitación, entre las Ideas y las cosas en que resplandecen sus
cualidades y donde se da una relación análoga a la existente entre el modelo y
su imagen. Es en esta solución por imitación, con la cual aspira explicar el
asunto de la relación entre el Mundo de las Ideas y el Mundo Sensible, y es donde
Platón hace uso del término.
Dentro de este contexto, la reactivación
del vocablo paradigma podría ubicarse
a partir del momento cuando, desde algunos contextos filosóficos y
lingüísticos, el término pasa a ser utilizado en el ámbito sociológico. Robert
Merton y Talcott Parsons[3]
son quienes comienzan a utilizarlo para referirse a sus teorías acerca de los
mecanismos de la acción social y los principios organizativos que subyacen en
las estructuras sociales. En este caso, al término le son incorporadas otras
connotaciones que contribuyen a ampliar su significado original. Aquí, la
sociología de Merton admite que si bien las ideologías y utopías son influidas
por los intereses de las clases y los estratos sociales, las ciencias son
autónomas respecto de las influencias directa de estos intereses y visiones
parciales que son el resultado de las distintas posiciones que ocupan los
individuos en la sociedad y del deseo de conservarlas o de alterarlas. Para Merton, la sociología de la ciencia tiene
dos objetivos particulares: estudiar “los diferentes modos de interdependencia
de la ciencia y la estructura social” y “hacer un análisis funcional de esa
interdependencia con especial referencia a las cuestiones de integración y de
mala integración”.
Así, la recurrencia del término paradigma podría ser ubicada al comienzo
de los años sesenta, gracias a la obra de T. S. Kuhn, quien reconoce la influencia
que en su obra tuvieron los trabajos de muchos pensadores dedicados a trabajos
muy disímiles que “aparentemente carecían de relación con la historia de las
ciencias” (Kuhn, 1986), entre los cuales se pueden citar a: Alexandre Koyré y
Annaliese Maier (Historia de las Ideas Científicas), Jean Piaget (Epistemología
Genética), Max Wertheimer y Kurt Koffka (Psicología de la Percepción). T. S. Kuhn
propone en su libro La Estructura de las Revoluciones Científicas (ERC),
un enfoque que permite la comprensión, en una perspectiva histórica, de los
cambios que se han producido en la ciencia a través de los tiempos. Esto lo
hace partir de la descripción esquemática del desarrollo científico, con lo
cual logró identificar una estructura básica en la continua evolución de la
ciencia. Kuhn concibe entonces este desarrollo como una continua sucesión de
las soluciones a la tensión esencial que se da entre fuerzas conservadoras,
orientadas hacia la permanencia y fuerzas innovadoras, dirigidas hacia el
cambio, en el contexto de las denominadas tradiciones científicas, es decir, “complejos
de teorías, conceptos, problemas, normas, criterios, valores y metodologías”
(Velazco, 1997, 162) compartidos por los miembros de una comunidad científica.
Cuando las tensiones entre conservación y cambio se resuelve a favor de éste
último, se producen avances o progresos en la ciencia, los cuales se presentan
como “episodios extraordinarios en que tienen lugar cambios de compromisos
profesionales y se rompe la tradición a la que esta ligada la actividad de la
ciencia normal” (Kuhn, 1986, 27), los cuales son asumidos como rupturas
revolucionarias no acumulativas. Desde que Kuhn publicará, en 1962, la primera
edición la ERC, varias han sido la tentativa para clarificar
el sentido y el significado del término Paradigma
para reducir su polisemia, ampliamente señalada y asumida por el propio
Kuhn en el Postscriptum que hiciera
para la segunda edición, el cual amplió en su texto Mis Segundos Pensamientos sobre Paradigmas (Kuhn, 1981).
CRISIS PARADIGMÁTICA
Ahora
bien, una vez presentado un conjunto de consideraciones teóricas y conceptuales
acerca del término paradigma para intentar aclarar las dimensiones
epistemológicas, axiológicas, sociológicas, teleológicas, antológicas y
metodológicas del vocablo, cabría preguntarse ¿Es posible “pensar sin
paradigmas”? ¿Es posible “vivir sin paradigmas”? para Rigoberto Lanz (2005) tal
vez este tipo de interrogación pueda parecer un tanto retórica, púes la
respuesta automática debería ser “No”. Si paradigmas son los supuestos con los
cuales pensamos, hablamos y nos comunicamos; si el lenguaje mismo es un
supuesto, entonces, obviamente no se
puede vivir, ni pensar sin paradigmas. Pero si paradigma no es solamente
eso, como lo sugiere Morin, sino que es “Todo supuesto respecto de la vida
misma”, entonces la pregunta es menos
retórica. En este comienzo del siglo XXI, uno de los rasgos más distintivo de
la época que nos toca vivir es que ciertos paradigmas ya no sirven para
pensar, ciertos paradigmas que nos
acompañaron durante largas décadas, ya no están en condiciones de explicar el
mundo, ni tampoco para guiar nuestras conductas en la sociedad. Para Lanz “si
bien es cierto que no podemos pensar sin supuestos, no podemos vivir sin
supuesto, hay muchos de ellos, convertidos en fuertes paradigmas de la
civilización, que están hoy en decadencia, en crisis”[4].
Lanz introduce la pregunta de si es
posible pensar sin paradigma, interrogando la propia idea de la crisis de paradigmas, que es una de las
expresiones más reclamadas, probablemente, en el vocabulario académico hoy por
hoy: Crisis de paradigmas. Pero ¿A
qué se refiere la metáfora de Crisis de paradigmas? Para comenzar, la
idea de crisis esta presente abrumadoramente en todos los discursos. Hasta el
punto de que es un concepto especialmente banalizado. Entonces habría que
resemantizar la idea de crisis, en palabras de Lanz, y ponerla a decir algo. Es
una crisis que esta nombrando el punto de inflexión de una lógica
civilizatoria. Es una caracterización que quiere poner el centro de atención en
el propio centro fundacional de una civilización.
La Modernidad, más allá de
la heterogeneidad de sus contenidos, se percibe a la manera de un conjunto
coherente de racionalidad y progreso ético-social, cuyo debilitamiento es
sentido por muchos en forma de verdadera amenaza. Un paradigma donde, por así
decirlo, todo ocupa el lugar adecuado. El conocimiento responde a un modelo
objetivo y científico, validado por la experiencia y el progresivo dominio de
la naturaleza, consolidado en un desarrollo de la técnica. Ello confluye en una
superior emancipación del individuo y en el logro de mayores cotas de libertad
y justicia social como horizonte paulatinamente alcanzable. Es esta utopia la
que cohesiona un modelo, cuya quiebra, desde su propio punto de vista, no puede
sino conducir a la barbarie. Lyotard denunció el fin des Grands Récits (modelo ilustrado, marxismo, cristianismo…..). La
historia deja de entenderse cual progreso lineal encaminado a la emancipación.
Según ello entraríamos, en palabras de Arnold Gehlen[5],
en la época de la post-historia. La razón universal habría revelado su
manipuladora faz de racionalidad instrumental (Escuela de Francfort) y su
utopia se habría mostrado como una efectiva jaula de hierro (Weber). El fin del
paradigma unitario abría las puertas a múltiples discursos contextualizados,
que ofrecían un panorama heterogéneo y disperso. Fragmento, polisemia,
deferencia, exceso, hibrides; fueron conceptos preferidos para caracterizar
esta situación.
En todo caso, como lo afirma Morin, lo que
esta en juego es todo un modo de pensar. Ese entendimiento del mundo, esa
circulación de saberes, esos conocimientos que pueblan las redes semióticas,
que circulan en los entramados intersubjetivos, que habitan el espacio de la
escuela y de la universidad, son expresión crucial de la racionalidad misma de
la civilización moderna, que ha entrado en crisis. Para Lanz, la crisis es
también una oportunidad en la acepción que está en antiguas tradiciones, la
crisis es siempre una oportunidad; no es un concepto forzosamente negativo,
para nada es una idea angustiosa que haga resignar. Es un concepto siempre
cargado de una doble significación. Nos enfrentamos a un mundo en crisis y de
ese mundo se debe tomar lo que emerge, lo que irrumpe, lo desconocido. Hay un
mundo que eclosiona, un mundo que se hace visible, y hay un mundo que se
presenta fantasmicamente, como lo desconocido. El mejor desafío para un
investigador, es justamente adentrarse en las sombras, al claroscuro de lo que
no está conocido, de lo que es borrosamente intuido.
Además, estamos en la era de las
transformaciones, los compartimientos cerrados dejan de tener sentido, todo
funciona en tanto está interconectado, trabaja en equipo o es capaz de reformularse
según nuevas demandas o aplicaciones. La sociedad industrial promovió la
fabricación en serie y el consumo masificado como criterio de rentabilidad, hoy
los productos deben poder adaptarse a la demanda individualizada, sea en el
mobiliario del diseño, la programación informática o en la televisión por
cable. Y no sólo los productos manufacturados, la propia naturaleza se
convierte en algo maleable a través del diseño, los transgénicos se alzan a la
vez como esperanza y amenaza, e incluso el cuerpo promueve simbiosis entre la
biología y la maquina: implantes, reproducción asistida, clonación, adheridos
tecnológicos que prolongan la metáfora de una corporalidad transhumana,
mutante.
Otro dato interesante de este mundo, que
nos toca vivir, es la impronta de la incertidumbre, del caos y de lo relativo.
Se trata de pensar en la incertidumbre, no como un dato circunstancial, sino
como una condición sustancial del nuevo modo de vivir esta realidad. Pensar en
situación de incertidumbre, actuar en contexto de incertidumbre, es poder poner
el pensamiento en capacidad de vibrar, de no sucumbir, de no conformarse con lo
obvio cuando no hay ecuación posible, cuando no hay linealidad posible, cuando
no hay ni causa ni efecto. Se acabó aquella lógica, un poco mentirosa, de que
siempre hay una causa y un efecto. Lo que existe en verdad es una errática
multicausalidad en situaciones ambivalentes que producen una extensión de los
riesgos de la modernidad.
LA GLOBALIZACIÓN DE LOS RIESGOS CIVILIZATORIOS
En
la impronta de la incertidumbre y del caos, que nos toca vivir, sucede que con
la extensión de los riesgos de la modernidad: la puesta en peligro de la
naturaleza, de la salud, de la alimentación, se relativizan las diferencias y
los límites sociales. De ahí se sigue extrayendo consecuencias muy diversas.
Sin embargo, objetivamente los riesgos despliegan dentro de su radio de acción
y entre los afectados por ellos un efecto igualador. Según Ulrich Beck (2006),
las sociedades del riesgo no son sociedades de clases, sus situaciones de
peligro no se pueden pensar como situaciones de clases, ni sus conflictos como
conflictos de clases[6].
Aquí el reparto de los riesgos de la
modernidad posee una tendencia inmanente a la globalización. La producción
industrial va acompañada de un universalismo de los peligros,
independientemente de los lugares de su producción: las cadenas de alimentos
conectan en la práctica a todos los habitantes de la Tierra. Atraviesan
las fronteras. El contenido de ácidos en el aire no ataca sólo a las esculturas
y a los tesoros artísticos, sino que ha disuelto ya desde hace tiempo las
barreras aduaneras modernas. Esta tendencia a la globalización tiene
consecuencias que en su generalidad son a su vez inespecíficas. Donde todo se
transforma en peligro, ya no hay nada peligroso. Donde ya no hay escape, se
acaba por no pensar en ello[7].
El fatalismo ecológico del final de los tiempos hace que el péndulo del estado
de ánimo privado y político oscile en todas las direcciones. Actuar es al fin y
al cabo un acto del ayer.
De ahí que, contenidos en la globalización
y diferente de ella, es un reparto de los riesgos en el que se encierra una
buena cantidad de la crisis política: los riesgos afectan tarde o temprano a
quienes los producen o se benefician de ellos. Los riesgos muestran en su
difusión un efecto social de boomerang. La agricultura industrial subvencionada
de los países desarrollados hace crecer dramáticamente el contenido de plomo en
la leche materna y en los niños. También socava de muchas maneras la base
natural de la producción agrícola misma: desciende la fertilidad de los campos,
desaparecen animales y plantas necesarias para la vida, crece el peligro de
erosión del suelo por el uso intensivo de abonos y pesticidas artificiales. Los
efectos secundarios latentes golpean también a los centros de producción. Los
propios actores de la mundialización caen de una manera enfática y muy concreta
en el remolino de los peligros que desencadenan y de los que se benefician. La
crisis ecológica socava también las bases naturales y económicas de la
agricultura y, por lo tanto, del abastecimiento de la población en su conjunto.
Aquí son visibles los efectos que no sólo se plasman en el campo de referencia
de la naturaleza, sino también en la cartera de los ricos, en la salud de los
poderosos.
Por esto, la naturaleza ya no puede ser
pensada sin la sociedad y la sociedad no puede ser pensada sin la naturaleza.
Las teorías sociales del siglo XIX, y su posterior transformación en el siglo
XX, pensaron la naturaleza esencialmente como algo dado, asignado, a someter,
como algo extraño, como no sociedad.
Estas suposiciones las ha suprimido el propio proceso de industrialización. A
principios del siglo XXI, la naturaleza no esta ni “dada”, ni asignada, sino
que se ha convertido en un producto histórico, en el equipamiento interior del
mundo civilizatorio destruido o amenazado en las condiciones naturales de su
reproducción. El efecto secundario inadvertido de la socialización de la
naturaleza es la socialización de las destrucciones y amenazas de la
naturaleza, su transformación en contradicciones y conflictos económicos,
sociales y políticos ha lesionado las condiciones naturales de la vida que se
transforman en amenazas médicas, sociales y económicas globales para los seres
humanos, con desafíos completamente nuevos para las instituciones sociales y
políticas de una sociedad mundial súper industrializada. En palabras de Beck
(2006), la tesis fundamental que esta detrás de todos estos, es muy sencilla:
todo lo que amenaza a la vida en nuestra Tierra también amenaza a los intereses
de propiedad y comercialización de quienes viven de que la vida y los medios de
vida se conviertan en mercancía. De ahí que la globalización muestra cómo lo
que realmente pasa, ocurre en muchos lugares a la vez, y no cual simple eco o
reflejo. Los riesgos afectan, tarde o temprano, a quienes los producen o se
benefician de ellos. Los riesgos muestran en su difusión un efecto social de
bumerang[8].
Los propios actores de la modernidad caen de una manera muy concreta en el
remolino de los peligros que desencadenan y de los que se benefician. La
realidad debería ser otra, urge un pensamiento complejo, es necesario, si
queremos comprender lo que esta ocurriendo, pensar la Globalización y sus
riesgos implícitos con el paradigma complejo.
COMPLEJIDAD Y SER HUMANO
El
paradigma complejo implica pensar en términos organizacionales y no en términos
absolutos/identitario/reduccionista/excluyentes. La complejidad es relación y
es inclusión; ni siquiera excluye la simplificación, sino que la integra como
uno de los elementos del pensamiento complejo. Sin embargo, siendo
multidimensional y englobadora, es abierta e inclausurable (complejidad es
incomplitud). La complejidad es incertidumbre. Para Morin, el término complejidad expresa antes que nada
nuestra dificultad, nuestra incapacidad para conseguir claridad y orden en
nuestras ideas y conocimientos. De ahí que la mayoría de los problemas están
condicionando la calidad de vida, las posibilidades de supervivencia de la
especie humana, los cambios en la identidad cultural y social, y tienen una
escala global. Las políticas educativas, las formas gerenciales y
organizacionales, así como las estrategias de desarrollo social; enfrentan a
estos problemas no sólo desde un espacio fragmentado y aislado como el local,
sino a través de actitudes y aptitudes originadas en otra dimensión y escala de
experiencia humana. Las personas sienten una intemperie global y al mismo
tiempo una asfixia local. Es como si la globalización fuera una multiplicación
fallida de los espacios sociales, asemejándose a un proceso de
mundialización abiertamente cerrado.
En función de este estado de cosas, cobran
su verdadera dimensión, por un lado, el desafío de la articulación de los
saberes, mediante un análisis crítico del surgimiento y el debate entorno a las
nociones de multidisciplinariedad, interdisciplinariedad y
transdisciplinariedad con relación al actual contexto de mutación global; y por
otro lado, la necesidad de ensayar distintas aproximaciones sobre las
condiciones metodológicas que posibilitarían una verdadera práctica
interdisciplinaria. Realizando un sencillo análisis de la información existente
en los diccionarios de la lengua castellana, se advierte que mientras los
prefijos “pluri” y “multi” se refieren a cantidades (varias, muchas), los
prefijos “inter” y “trans” aluden a relaciones reciprocas, actividades de
cooperación, interdependencia, intercambio e interpretación. De esta manera
podemos comprender que las referencias a actividades inter y
transdisciplinarias sugieren que son dinámicas e interactivas que tienen por
consecuencia una transformación reciproca de las disciplinas relacionadas en un
campo/sujeto/objeto/contexto determinado[9].
Si bien la búsqueda de formas de
organización que posibiliten el trabajo interdisciplinario surge como reacción
contra la excesiva especialización que prevalece en el desarrollo de la ciencia
contemporánea, no se considera que sea un punto de partida adecuado. Aumentar
progresivamente dicha fragmentación no sólo se parcializa el estudio hasta
perder contacto con el problema original, sino que el propio investigador,
adquiere una perspectiva de los problemas que torna imposible realizar el
trabajo de síntesis necesario para interpretar una realidad compleja[10].
Morin señala que la complejidad inscripta
en la diversidad, articulación, interdependencia, fugacidad de circunstancias y
problemas de la sociedad mundial excede los prismas disciplinares. Cómo educar
y formar a los ciudadanos y dirigentes del siglo XXI,
inmersos en una transformación social y económica sin precedentes, en donde si
bien los conocimientos científicos y técnicos son y serán cada vez más
sofisticados, también conllevan increíbles cegueras y despistes sobre las
consecuencias de estas transformaciones en la realidad humana que ellos en
parte provocan y, al mismo tiempo, son los desafíos que el actual horizonte
planetario presenta. Habidas cuentas, los problemas globales no se perciben, ni
se pueden gerenciar, ni se resuelven, desde un esfuerzo local y aislado; y
tampoco desde una suma de dichos esfuerzos como partes de un todo, porque lo
global es una dimensión distinta a las partes y a la suma de las partes. Estos
espacios borrosos contienen nuevos
estilos de vida, esfuerzos de búsqueda de sosiego, de integridad y de
reconocimiento, que demandan distintas formas de organización y de
vincularidades humanas relativamente ausentes en las escalas espacio-temporales
de la mayoría de nuestras instituciones y organizaciones. A tal punto de
requerir una reconfiguración social.
LA VÍA PARA CAMBIAR LA
VIDA
Esa
reconfiguración social va asociada a “cambiar la vida”, consigna de Rimbaud,
que ya no representa hoy la aspiración de un solo individuo, sino que debe ser
la de nuestra época. La humanidad se enfrenta a un gran desafío: reclama una
política de civilización que supone también una reforma de la vida. La “vía” que propone Morin es un horizonte
distinto de aquel en que nos precipita la historia actual. El planeta tierra
está inmerso en un proceso infernal que conduce a la humanidad a una catástrofe
previsible. Sólo una metamorfosis histórica podrá permitir resolver la crisis,
importantes y múltiples (ecológicas, económicas, sociales, políticas) que
amenazan la existencia misma de nuestras civilizaciones. En la vía, Morin no traza un “programa político”, en
sentido estricto, sino un camino, una “vía”[11]
hecha de la conjunción de múltiples vías hacia las que debemos orientarnos para
hacer frente al desafío de la crisis de la humanidad. Esta “política de la
humanidad” pasa por reformas económicas, políticas, educativas y por una
regeneración del pensamiento político. Pero esas reformas de la sociedad
implican también una “reforma de vida”. El desarrollo es una maquina infernal
de producción-consumo-destrucción que nos precipita hacia crisis ecológicas y
económicas. Ese proceso tiene un paralelismo en el plano individual: el
desarrollo del individuo considerado como esencialmente cuantitativo y material
que conduce, entre las clases acomodadas, a una carrera infernal hacia el
“siempre más” que genera malestar en el mismo seno del bienestar, un concepto
que se degrada y esta reducido al mero confort.
Hay que promover también el buen vivir,
afirma Morin, que comporta, a la vez, autonomía individual e inserción en una o
varias comunidades, dominar la cronometría que degrada nuestro tiempo vital y
reducir nuestras intoxicaciones de civilización que nos vuelve dependientes de
futilidades y de beneficios ilusorios. Las sociedades occidentales se han
considerado durante largo tiempo como sociedades “civilizadas” en relación con
otras, juzgadas como “bárbaras”. De hecho la modernidad occidental ha producido
el imperio de una barbarie helada, anónima, la del cálculo, del beneficio, de
la técnica, y que ha inhibido de forma insuficiente una “barbarie interior”
hecha de la incomprensión del otro, de desprecio e indiferencia.
Las sociedades contemporáneas han cumplido
con mucho lo que era un sueño para nuestros mayores: bienestar material, comodidad.
Al mismo tiempo, se ha descubierto que el bienestar material no da felicidad.
Aún peor. Se comprueba que el coste humano que pagamos por la abundancia
material es exorbitante: estrés, carrera de velocidad, adicciones, sentimiento
de vacío interior. El dinero y el beneficio se han extendido a ámbitos
reservados antes a la gratuidad, al servicio prestado, al trueque, a la
donación; y suscitan en unos una bulimia y en otros la angustia de la carencia.
Una lógica de la eficacia, del rendimiento, de la productividad determina en
quienes la padecen, estrés y malestar. Por otro lado, en el plano humano,
seguimos siendo bárbaros: la ceguera sobre nosotros mismos y la incomprensión
del otro se expresan tanto al nivel de las sociedades y los pueblos como en las
relaciones personales, incluida la familia y la pareja. Muchas se separan y se
rompen; estos conflictos se parecen a los conflictos armados basados en el
odio, el rechazo de comprender al otro. En las empresas y en las organizaciones
imperan clanes y camarillas corroídos por los celos, el resentimiento, y a
veces el odio. Estas envidias y estos odios envenenan tanto la vida de los que
son envidiados u odiados como la de los envidiosos y los que odian. A pesar de
los múltiples medios de comunicación, la incomprensión hacia otros pueblos se
acrecienta.
Los principios en que se apoya este nuevo
arte de vivir surgen de los mismos males generados por nuestros modos de vida
actuales, esta emergiendo una aspiración a este nuevo arte de vivir. A partir
de esta expectativa se puede diseñar lo que puede ser una “reforma de vida”. La
idea de un arte de vivir no es nueva. Las filosofías de la India, de China, de la Antigüedad griega, se
han consagrado a esta búsqueda. Hoy se presenta de manera nueva, en nuestra
civilización caracterizada por la industrialización, la urbanización, el
desarrollo y la supremacía de lo cuantitativo. La aspiración contemporánea a un
arte de vivir es, en primer lugar, una reacción saludable a nuestros males de
civilización, a la mecanización de la vida, a la híperespecialización, a la
tiranía del tiempo. La generalización del malestar incluido en el mismo seno
del bienestar material, provoca, como reacción, una necesidad, a la vez, de paz
interior, de plenitud, de felicidad, es decir, una aspiración a la “verdadera
vida”. El buen vivir se basa en algunos principios: la calidad prima sobre la
cantidad, la necesidad de autonomía y la necesidad de comunidad deben estar
asociadas.
Ante la interrogante de cómo se puede
aplicar todo esto concretamente, Morin plantea, que una primera tarea sería
apelar a una relantización generalizada, a un elogio de la lentitud. Parar de
correr es una forma de reconquistar nuestro tiempo interior. Hay que sustituir
la perniciosa alternancia depresión-excitación, que caracterizan nuestras vidas
actuales, por una combinación de serenidad e intensidad. Una existencia
plenamente humana no puede basarse en una armonía espontánea entre nuestras
pendientes contradictorias. La vida cumplida pide un dialogo permanente entre las
exigencias de la razón y las de la pasión. No podemos resolver nuestras vidas
ni desde el cálculo y la racionalidad fría ni únicamente desde la pasión que,
sin autocontrol, conduce al delirio. Hay que aprender a humanizar nuestras
pulsiones y nuestras emociones con controles reflexivos: eso significa que hay
que desarrollar nuestra capacidad de contener el nerviosismo, el rencor, el
resentimiento. Este dominio de nosotros
mismos no significa en lo absoluto la inhibición de nuestras pulsiones. La
especie humana es, a la vez, Homo sapiens y Homo demens: el problema es la
articulación entre esas dos dimensiones fundamentales de nuestra existencia.
De hecho, la reforma de vida exige un
aprendizaje y una reforma personal. Simultáneamente, una reforma de la
educación, así como grandes reformas económicas y sociales, una nueva
conciencia del consumo, una rehumanización de las ciudades, una revitalización
del campo. No es posible comprometerse en una nueva vía sólo en el plano
personal ni sólo en el plano colectivo. Exige una multiplicidad de reformas
que, al desarrollarse, se hacen solidarías entre ellas. Gandhi decía que “hemos
de llevar en nosotros el mundo que queremos”. El mundo bulle de
iniciativas creadoras que nos muestran
un querer vivir ignorado por las burocracias y los partidos políticos. En la
historia, toda gran transformación (religiosa, ética, política, científica)
empieza desviándose de su camino principal y de forma modesta. Eso, según
Morin, nos autoriza a la esperanza, que evidentemente no es certidumbre. La
reforma de vida es, a la vez, un proyecto de vida y un proyecto colectivo.
UNA VISIÓN INTEGRAL DE LA VIDA
La
reforma de vida no sólo requiere de un aprendizaje sino también comprender que
de la naturaleza humana no sólo se han de estudiar sus dimensiones físicas y
psicológicas, sino también sus manifestaciones sociales y culturales. Los seres
humanos evolucionaron como seres sociales y no logran estar bien, física y
mentalmente, sino permanecen en contacto con otros seres humanos. Más que
cualquier otra especie, participamos en el pensamiento colectivo, creando así
un mundo de cultura y de valores que se convierten en parte integrante de
nuestro ambiente natural. Por consiguiente, no se pueden separar los caracteres
biológicos de las características culturales de la naturaleza. La humanidad
surgió a través del proceso de la creación cultural y necesita esta cultura
para sobrevivir y evolucionar posteriormente.
De esta manera, la evolución humana
progresa través de una interacción del mundo interior y del mundo exterior,
entre individuos y sociedades, entre la naturaleza y la cultura. Todos esos
ámbitos son sistemas vivientes que se influyen recíprocamente y que presentan
modelos similares de autoorganización. Las instituciones sociales evolucionan
hacia una creciente complejidad y diferenciación, como también lo hacen las
estructuras orgánicas, y los modelos mentales reflejan la misma capacidad
creadora y la misma tendencia hacia la autotrascendencia típicas de todas las
formas de vida. La mente es creativa por naturaleza, cuanto más se sondean las
profundidades de la mente, más abundante es su creación. Según Capra (2008) la
evolución anatómica de la naturaleza humana llegó prácticamente a su fin hace
unos 50.000 años. Desde entonces el cuerpo y el cerebro humano no han cambiado
esencialmente en lo que se refiere a estructura y dimensiones. Por otra parte, en este periodo las
condiciones de vida han cambiado profundamente y siguen cambiando a gran
velocidad. Con el objeto de adaptarse a estos cambios la especie humana utilizó
su capacidad de consciencia, de pensamiento conceptual y su lenguaje simbólico,
pasando de una evolución genética a una evolución social, que ocurre con mayor
rapidez y que proporciona una variedad mucho mayor. Este nuevo tipo de
adaptación no fue perfecto. Aún llevamos con nosotros un equipo biológico de
las primeras fases de nuestra evolución, un equipo que muchas veces dificulta
la tarea de enfrentarse a los desafíos del ambiente actual.
Para Paul McLean[12],
el cerebro humano consta de tres partes estructuralmente diferentes, cada una
de ellas está dotada de inteligencia y subjetividad propias, que derivan de
distintos periodos de nuestro pasado evolutivo.
Si bien estas tres partes están íntimamente vinculadas, sus actividades
suelen ser contradictorias y difíciles de integrar. La parte interna del
cerebro, que se conoce por el nombre de tronco encefálico, se ocupa de los
modelos de comportamiento instintivos, como los que se observan en los
reptiles. Esta parte es responsable de los instintos biológicos y de muchos
tipos de comportamientos impulsivos. Alrededor de esta parte se encuentra el
sistema límbico, que esta muy bien desarrollado en todos los mamíferos y que,
en el cerebro humano, se ocupa de la experiencia emocional y de la expresión.
Las dos partes interiores del cerebro, llamadas también sustancia blanca, están
íntimamente vinculadas y se expresan de manera no verbal a través de un rico
espectro de lenguaje corpóreo. La parte exterior, llamada también substancia
cortical, facilita las funciones abstractas de orden superior, como el
pensamiento y el lenguaje. La substancia cortical surgió en la fase evolutiva
más antigua de los mamíferos y se desarrolló en la especie humana a una
velocidad explosiva, sin precedentes en la historia de la evolución.
Sin embargo, desarrollando nuestra
capacidad de pensamiento a un ritmo tan frenético, parece que hemos perdido la
importante capacidad de ritualizar los conflictos sociales. En todo el mundo
animal, la agresividad rara vez llega al punto de llevar a la muerte de uno de
los contrincantes. En cambio, la lucha se convierte en un rito y concluye
cuando el perdedor admite su derrota, pero queda relativamente ileso. Esta
sabiduría desapareció en la especie humana, o al menos quedo profundamente
sumergida. En el proceso de crear un mundo interior abstracto, parece que hemos
perdido contacto con la realidad de la vida y que nos hemos convertido en los únicos
organismos que muchas veces no logran cooperar con sus semejantes e incluso
llegan a matar a miembros de su misma especie. La evolución de la consciencia
no sólo nos ha dado las pirámides de Egipto y la teoría de la relatividad, sino
también la caza de brujas, el exterminio masivo de judíos y la bomba de
Hiroshima. Pero la misma evolución de la consciencia puede darnos la
oportunidad de vivir en paz y en armonía con nuestro mundo. Podemos modificar
conscientemente nuestro comportamiento cambiando nuestros valores y actitudes,
y así recuperar la espiritualidad y la consciencia ecológica que se ha perdido.
Es muy probable que la noción de
ritmo cumpla una función fundamental en el futuro desarrollo de una visión
holística del mundo. El enfoque integral ha demostrado que los organismos
vivientes son intrínsicamente dinámicos, pues sus formas visibles son
manifestaciones estables de un proceso subyacente. Ahora bien, el proceso y la
estabilidad sólo son compatibles si los procesos forman modelos rítmicos:
fluctuaciones, vibraciones, oscilaciones y ondas. La nueva biología integral
demuestra la importancia de las fluctuaciones en la dinámica de la
autoorganización. Son la base del orden del mundo biológico: las estructuras
ordenadas se derivan de modelos rítmicos. El papel crucial desempeñado por el
ritmo no está limitado a la autoorganización y la autoexpresión, sino que se
extiende a la percepción sensorial y a la comunicación. Nuestro cerebro
transforma las vibraciones lumínicas en pulsaciones rítmicas de sus neuronas.
Transformaciones parecidas se encuentran en el proceso del oído e incluso la
percepción de olores parece estar basada en frecuencias ósmicas. La noción
cartesiana de los objetos separados y las experiencias con las cámaras
fotográficas nos han llevado a suponer que nuestros sentidos crean una suerte
de imagen interior que es una fiel reproducción de la realidad. Pero la
percepción sensorial no funciona de esta manera. Las imágenes de objetos
aislados sólo existen en nuestro mundo interior formado por símbolos, conceptos
e ideas. La realidad que nos rodea es una danza rítmica continua y, nuestro
sentido traduce una parte una parte de sus vibraciones en modelos de frecuencia
que luego pueden ser elaborados por el cerebro.
Igual que en el proceso de
percepción, el ritmo también cumple una función importante en las numerosas
maneras de interacción y de comunicación de los organismos vivientes. La
comunicación humana, por ejemplo, tiene lugar hasta cierto punto a través de la
coordinación y sincronización de los ritmos individuales. En documentales
grabados recientemente se puede observar como una conversación entre dos seres
humanos implica una danza sutil y casi invisible en la que la secuencia
detallada de los modelos de lenguaje está sincronizada a la perfección, no sólo
con los movimientos más íntimos del que habla, sino también con los movimientos
correspondientes del que lo escucha[13].
Las dos personas que entablan una
conversación están encerradas en una secuencia de movimientos rítmicos,
complejos y sincronizados con precisión, que dura mientras permanecen atentos e
interesados en la conversación. En cambio, cunado los ritmos de dos individuos
no están sincronizados, surgirá la oposición, la antipatía y el desacuerdo.
En este examen de la naturaleza de
los organismos vivientes se ha visto que la concepción integral de la vida es
una concepción espiritual en su esencia más profunda y por ello coincide con
muchas ideas propias de las tradiciones místicas. Por ejemplo, Los preceptos para un arte de vivir[14]
están impregnados de cierto “chamanismo” religioso, como prueba la referencia
constante al dios Apolo, “maestro de la verdad” y su santuario en Delfos. Pero
también anuncian una visión laica de la vida en la ciudad. Es la lección del
teatro: la Orestiada
de Esquilo (458 a.C.)
trata de la instauración de la justicia de los hombres bajo la protección de
los dioses que encarnan las luces de la razón (Apolo y Atenea) frente a las
tinieblas de la venganza primitiva, de la terrible “ley del Talión”
representada por los irineos. Ante todo, orden y medida: cada cosa a su tiempo,
y cada tiempo cuidadosamente definido. Es la quinta esencia de esta “sabiduría
griega” que enseña ya la palabra mito (muthos)
antes que la racionalización del logos: puesta en orden del universo
(eliminación del caos, instauración del orden), puesta en orden de la ciudad
(instauración de la “justicia” y de la “ley”). Para el hombre, el justo medio.
Lo que implica conocerse bien para no sobrepasar nunca los límites, como lo
resumen dos mandamientos incontestable, inscrito en el frontispicio del templo
de Apolo en Delfos. Son la regla de las reglas: Mêdén agan (“Demasiado de
nada”, divisa de Solón) y Gnôthi seauton (“Conócete a ti mismo”, divisa de
Tales).
El paralelismo entre la ciencia y el
misticismo no se limita a la física moderna, sino que actualmente se hace
extensiva con igual justificación a la nueva biología integral. Hay dos temas
básicos que aparecen una y otra vez en el estudio de la materia viviente y no
viviente y que también se repite con énfasis en las enseñanzas de los místicos:
la interconexión e interdependencia universal de los fenómenos y la naturaleza
intrínsecamente dinámica de la realidad. Como en la visión integral, muchas
tradiciones ven el nacimiento y la muerte como fases de ciclos infinitos que
representan la continua renovación típica de la danza de la vida. Otras
tradiciones insisten en los modelos vibrantes, que se suelen relacionar con
energías sutiles. , y muchas de ellas han descrito la naturaleza holonómica de
la realidad (la existencia de “todo en cada uno y cada uno en todo) con
parábolas, metáforas e imágenes poéticas.
Fue Teilhard de Chardin[15]
quien postulo la manifestación de la mente en otros sistemas más vastos y
escribió que en la evolución humana el planeta queda recubierto por un tejido
de ideas; de hecho, acuño el término “capa mental” o “noosfera”. Por último,
consideraba a Dios el origen de todo bienestar, y en particular de la fuerza de
la evolución.
CONCLUSIÓN
Probablemente
el rasgo más general y abarcativo de la aventura humana por conocer, tanto del
amanecer filosófico griego que incluía todo tipo de saberes como las
especializaciones posteriores, incluidas las de la ciencia moderna, sea el de
las vinculaciones entre el todo y las partes, entre lo particular y lo general.
La filosofía surge, como el intento, superadas las explicaciones mitológicas
para dar cuenta racionalmente de los fenómenos del mundo empírico y
contingente, a partir de fundamentos universales y necesarios. Así, en el mundo
social presente, el problema básico del todo y las partes adquiere múltiples
dimensiones: individuo-sociedad, privado-público, individualismo-solidaridad,
individuo-representación política. Lejos de tratarse de meras especulaciones
intelectuales, la resolución-tensión de estas oposiciones se ha concretado en
sistemas políticos, culturales y económicos que se encuentran arraigadas en el
imaginario social y en la autocomprensión humana.
Sin duda, estas son algunas de las
dicotomías características de la estructura de esta nueva sociedad en la cual
nos toca vivir, a la que estamos convocados. Se trata de pensar con una “caja
de herramientas” (Michel Foucault), que tenga la capacidad y la plasticidad de
ser emergente, irrupcional, de ser blanda, para justamente poder pensar la
complejidad. Según Lanz (2005), hay que tomarse la molestia de inventar su
propio paradigma. Hay que tomar algunos riesgos y disponerse a inventar, a
pensar con audacia. Estamos en un momento en el que inventar puede ser la
condición para salir de la crisis. Hay que arriesgarse a poner por delante
nuestra capacidad heurística. Nadie
podrá proclamar ahora que el paradigma tal o el paradigma cual es invocado y
todo esta arreglado. Por ello es una
buena noticia que justamente las Ciencias Administrativas sean especialmente
problemáticas, hoy por hoy: desde el punto de vista epistemológico, desde el
punto de vista de su fundamentación, desde el punto de vista metódico. Buena
noticia, porque los investigadores tienen una enorme posibilidad, un reto para
pensar esto desde el comienzo, con la propia creatividad, con su ingenio, con
su talento, con su visión, con sus fantasmas.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
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[1] Dimitri El Murr. (2007). Platón: Desunir para volver a unir mejor.
En Filosofía Hoy. Madrid: Globus Comunicaciones, S.A.
[2] Vasallo, A et al (1977). Platón: Diálogos Socráticos. México:
Cumbre S.A.
[3] Strimska, Z (1981). La noción de paradigma sociológico como modelo epistemológico de la
práctica científica. En Teoría y Sociedad. Vol. 1 y 2, mayo-junio, Revista
de la Escuela
de Sociología y Antropología de la Universidad Central
de Venezuela, pp. 4-19.
[4] Lanz, Rigoberto (2005). El Arte de Pensar sin Paradigmas.
Educere, julio-septiembre, año/ Vol. 9, número 030, Universidad de los Andes,
Mérida: Venezuela.
[5] Rodríguez M. Rosa (2007). Transmodernidad: La globalización como
totalidad transmoderna. Revista Observaciones Filosóficas. Nº 4/2007.
Valencia: España.
[6] Beck, Ulrich (2006). La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Barcelona:
España. Ediciones Paidós Ibérica. S. A.
[7] Ob. Cit. Pág. 52
[8] Ob. Cit. Pp. 53-54
[9] Morin, Edgar. (1995). Sobre la interdisciplinariedad. Revista
Complejidad, Año 1, nº 0, junio-agosto.
[10] Ob. Cit., pp. 12-13
[11] Morin, Edgar (2011). La vía para el futuro de la humanidad. En qué piensan los
filósofos. Filosofía Hoy. Madrid: Editorial Globus Comunicaciones, S. A.
[12]
McLean, Paul D. (1975). On the Evolutions
of Three Mentalies. Man
Enviroment Sys, 5.pp 213-224. En el punto crucial: ciencia, sociedad y cultura
naciente. Capra, F. (2008).
[13] Navarro, Vicente (1977). Medicine Under Capitalism. New York:
Prodist. En el punto crucial: ciencia, sociedad y cultura naciente. Capra, F.
(2008).
[14] Collognat; Annie (2010). El arte de vivir en la Antigüedad. En Aprender a vivir. De la filosofía clásica al
desarrollo personal. Filosofía Hoy. Madrid: Editorial Globus Comunicación, S.
A. pp.18-27
[15] TEILHARD DE CHARDIN (Pierre), antropólogo,
filósofo y teólogo francés (Sarcenat 1881-Nueva York 1955). Jesuita, intentó
adaptar el catolicismo al mundo científico moderno, elaboró una teoría original
de la evolución (El fenómeno humano, 1955).

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