El fenómeno de
la globalización no puede reducirse actualmente al mero inicio del “sistema
mundial capitalista” que algunos remontarían al siglo XV con el surgimiento del
capitalismo. De hecho, para una buena caracterización del término es pertinente
recurrir a la enunciación que realiza Rosa Magda en Ulrich Beck sobre lo que
debe entenderse por globalización. Así, la globalización aglutina, responde y
da nombre a todos aquellos “procesos en virtud de los cuales los Estados
nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores
transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones,
identidades y entramados varios”[1].
Todo ello configura un horizonte no
ciertamente nuevo, pero sí cada vez estructurado de una manera más coherente y
consolidada que apuntaría a las siguientes líneas generales: mercado global,
cultura globalizada, desarrollo constante de las tecnologías de la
comunicación, sociedad de la información, política mundial post-internacional y
poli-céntrica, implicación global de los conflictos bélicos, transculturales,
los atentados ecológicos y el problema de la pobreza.
De allí que la globalización muestra cómo lo que realmente pasa ocurre en
muchos lugares a la vez. Es la interconexión misma quien produce esa
simultaneidad. La realidad es constante transformación. Estamos en la era de
las transformaciones, todo funciona mientras está conectado o sea capaz de
reformularse según las nuevas demandas o aplicaciones. La sociedad industrial
promovió la fabricación en serie y el consumo masificado como criterio de
rentabilidad, hoy los productos deben poder adaptarse a la demanda
individualizada, ya sea en el diseño, la programación informática o en la
televisión por cable. Y no sólo los productos manufacturados, la propia naturaleza
se convierte en algo maleable a través del diseño donde los transgénicos se
alzan a la vez tanto en esperanza como en amenazas.
Visto de esta forma, desde una perspectiva poco conservadora y a favor de
las transformaciones y las novedades, el filósofo Francois Dagognet plantea que
la naturaleza es un mito, por eso defiende una ética desprovista de prejuicios
tecnófobos y volcada hacia la satisfacción de los deseos y las necesidades
humanas. Hay que “cambiar la vida, no plegarse a ella”[2].
Por eso está a favor de los logros de la biotecnología, la eficacia de la
agricultura productiva y los milagros conseguidos con las diversas técnicas de
fecundación asistida. Para él, el hombre se reconoce en su poder demiúrgico de
cambiarlo todo, de renovarlo todo, de reconstruirlo todo. La naturaleza, en sus
formas más típicas lleva la impronta del hombre. El campo, tal como lo vemos
hoy, es fruto de largas transformaciones creadas por el hombre. Las frutas y
las verduras no son naturales, es la agronomía que las ha seleccionado y las ha
cruzado para mejorarlas. El agrónomo estadounidense Norman Borlaug, premio
Nobel de la Paz
en 1970, desnaturalizó el trigo para hacerlo más resistente a la sequía y a las
condiciones climáticas más difíciles y gracias a eso, países casi desérticos
han podido cultivar trigo y escapar a la escasez[3].
De hecho, la especie humana
ha utilizado la genética para mejorar los cultivos comestibles y los animales
de granja al menos desde el Neolítico. Pero, lo ha hecho de forma empírica,
sabiendo el “qué”, pero no el “por qué”. El nacimiento de una nueva ciencia,
capaz de dar cuenta de la herencia de los caracteres biológicos habría de
producirse cuando en 1865, Mendel hizo públicos sus experimentos, relacionados
con las leyes de la transmisión de los caracteres biológicos hereditarios.
Posteriormente, en 1900 Hugo de Vries, Karl Correns y Erich von Tschermak
redescubren las leyes de Mendel y en 1944 Avery
y sus colaboradores descubren que los genes son ADN. En 1953 Watson y
Crick proponen el modelo de doble hélice. Es a partir de 1974 cuando se
desarrolla la tecnología de los ácidos nucleicos que hace manipulables los
genes. Esta posibilidad de manipulación de los genes da lugar a la “nueva
genética”, a la revolución de las biotecnologías[4].
Ahora bien, la Organización de las
Naciones Unidas calcula que para el año 2050 la población mundial alcanzará los
16 mil millones de habitantes. Ante esta situación surgen grandes incógnitas
debido a la contaminación, la deforestación, el deterioro de la capa de ozono y
el impacto de estos factores sobre los sistemas productivos de alimentos. A
pesar de los avances existentes actualmente, en ciencia y tecnología aún
perduran las preguntas acerca de cómo se cubrirán las necesidades de agua y
alimentación para la subsistencia de la creciente población. Ya se han hecho
una serie de elucubraciones al respecto, sin embargo habrán de adoptarse
medidas para lograrlo.
Y es aquí donde las técnicas de ingeniería genética y la consiguiente
generación de Organismos Modificados Genéticamente tienen aplicaciones en
diversos sectores que van desde la producción de fármacos transgénicos a la
generación de cultivos modificados genéticamente capaces de eliminar
contaminantes ambientales o generar nuevos alimentos. Sin embargo, no cabe duda de que el empleo de los OMG en
la agricultura y la alimentación está siendo objeto de un intenso debate en el
mundo, debate que se sitúa en el marco más amplio de los nuevos riesgos que
pueden derivarse de los avances científicos y tecnológicos.
De allí que el proceso de modernización se vuelve reflexivo, se toma a sí
mismo como tema y problema. Las cuestiones del desarrollo y de la aplicación de
tecnologías en el ámbito de la naturaleza y la sociedad son sustituidas por
cuestiones de la gestión política y científica (administración, descubrimiento,
inclusión, evitación y ocultación) de los riesgos de tecnologías a aplicar con
relación a horizontes de relevancia a
definir especialmente. La promesa de seguridad crece con los riesgos y ha de
ser ratificada una y otra vez frente a una opinión publica alerta y critica.
En este sentido, para Beck (2006) la producción social de riqueza va
acompañada sistemáticamente por la producción social de riesgos. Por lo tanto,
los problemas y conflictos de reparto de la sociedad de la carencia son
sustituidos por los problemas y conflictos que surgen de la producción,
definición y reparto de los riesgos producidos de manera científico-técnica[5].
Así pues, ya no se trata del aprovechamiento de la naturaleza, del desprendimiento
del ser humano respecto de sus obligaciones tradicionales, sino que se trata
también y esencialmente de problemas que son consecuencia del desarrollo
técnico-económico mismo.
En lo que respecta a los OMG, este debate se ha desenvuelto por lo
general en un clima de falta de correlación entre los espectaculares y rápidos
avances de la genética que se han venido produciendo en los últimos decenios y
el conocimiento que los ciudadanos tienen de sus posibles beneficios. Por un
lado, se ha ido despertando en la sociedad una mayor sensibilidad por el
respeto a la naturaleza, en particular cuando ésta puede ser objeto de
alteración en su dotación genética. Por el otro lado, la necesidad de cultivar
y consumir OMG esta relacionada con los posibles riesgos o beneficios
económicos ligados a su comercialización. Con frecuencia se afirma que los OMG
son un negocio de compañías multinacionales que monopolizan el mercado y
esclavizan al agricultor con unas semillas más caras que deben necesariamente
comprar campaña tras campaña.
Debe señalarse que existe un
amplio consenso en la comunidad científica al considerar que las
biotecnologías, aplicadas en nuestro caso a la agroalimentación, pueden ser muy
beneficiosas tanto para los seres humanos como para el medio ambiente. Pero a
la vez existe la conciencia de que con ellas puede generarse grandes riesgos,
es decir, acarrear peligros con alto grado de probabilidad si la actividad
biotecnológica no se atiene a principios y valores éticos y a regulaciones
jurídicas. Si bien se están produciendo beneficios en distintos lugares del
planeta y de que se puedan incrementar en un futuro cercano, resulta
indispensable establecer y hacerle seguimiento a las orientaciones éticas y
jurídicas, dado que las cuestiones a las que las investigaciones se enfrentan
no son totalmente nuevas, aunque si en ciertas medidas.
En este sentido, en Venezuela la
manipulación genética en vegetales comienza en el año de 1977 cuando un grupo
de científicos de la
Universidad de los Andes experimentó con una lechosa
aplicando la biotecnología y es a partir de ese momento cuando el Estado
venezolano emite una providencia administrativa que prohíbe este tipo de
manipulación, experimentación o cultivo de un OMG. En lo que respecta a los
estudios biotecnológicos en Venezuela, estos se remontan a principio y mediados
de los ochenta. De acuerdo a estudios realizados por la Dra. Yolanda Texera[6] en octubre de 1984, existían en el país ocho
(8) laboratorios de cultivos de tejidos en funcionamiento, realizando
actividades de investigación que van desde la investigación básica, técnica de
transferencia hasta aplicación básica y producción. Años después, en 1986 se
reconocía su uso en la agroindustria venezolana. En el país, la biotecnología
se ha centrado, fundamentalmente, hacia la producción de etanol para licores y
rones, vinagres para la industria alimentaría y el mercado domestico,
producción de levaduras de panificación y cervezas. A pesar de no ser un país
netamente agro-productor, Venezuela ha tenido un desarrollo importante en lo
concerniente a avances biotecnológicos. Debido a la situación económica por ser
un país petrolero, mantiene una onerosa importación de insumos biológicos cuyo
destino es la industria agroalimentaria.
Pero surge la contradicción que en el país
no se permita el cultivo de organismos genéticamente modificados, cuando en
realidad se están importando una cantidad de alimentos transgénicos
específicamente desde países como Brasil y Argentina, segundo y tercer
productor de transgénicos a nivel mundial,
y productos agropecuarios y derivados desde países que no son
normalmente productores de los que exportan. Los mismos son simples puentes
comerciales para productos procedentes de las más diversas regiones del mundo,
haciendo difícil determinar el origen primario de los mismos. Esta
circunstancia dificulta, aún más, garantizar que no estén ingresando a
Venezuela productos derivados de organismos genéticamente modificados.
Desde la perspectiva que aquí se adopta tarde
o temprano nos tropezamos contra la dura ley que establece que mientras los
riesgos no sean reconocidos científicamente éstos no existen y, por lo tanto,
no serán evitados, ni tratados, ni resarcidos. Ni el rasgarse las vestiduras ni
los lamentos colectivos pueden ayudar en
esta situación, solamente la ciencia puede hacerlo. El monopolio del juego
científico sobre la verdad obliga, por lo tanto, a los afectados por el consumo
de alimentos transgénicos a hacer uso de todos los medios y métodos del
análisis científico para la consecución de sus pretensiones (Beck, 2006).
REFERENCIAS BIBLIOGRAFIAS
·
Rodríguez,
M. (2007). Transmodernidad; La
globalización como totalidad transmoderna. Revista Observaciones
Filosóficas. Nº 4/2007. España.
·
Dagognet,
F. (2011). Desechar lo natural, dominar
lo vivo. En qué piensan los filósofos. España, Editorial Globus
·
Balbás
P. (2010). De la biología a la
biotecnología. México, Trillas
·
Beck,
U. (2006). La sociedad del riesgo. Hacia
una nueva modernidad. España, Ediciones Paidós.
·
Texera,
M et al. (1986). Biotecnología:
oportunidades para Venezuela. Fondo Editorial Acta Científica Venezolana,
Caracas.
[1] Rodríguez,
M. (2007). Transmodernidad; La
globalización como totalidad transmoderna. Revista Observaciones
Filosóficas. Nº 4/2007. España.
[2] Dagognet,
F. (2011). Desechar lo natural, dominar
lo vivo. En qué piensan los filósofos. España, Editorial Globus.
[3] Ibídem
[4] Balbás
P. (2010). De la biología a la biotecnología. México, Trillas.
[5] Beck, U.
(2006). La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. España, Ediciones
Paidós.
[6]
Texera, M et al. (1986). Biotecnología: oportunidades para Venezuela. Fondo
Editorial Acta Científica Venezolana, Caracas.
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